Un día se encontraron y unieron sus manos. La sensación fue tan grata que permanecieron así otro día, y otro, y otro más. Tantos días pasaron que las manos parecieron fusionarse, pero llegó un momento en el que tuvieron que separarse y aunque se sintieron extraños por la falta de contacto, la sensación no dolió.
Pasaron muchos días y las manos se alejaban cada vez más; hasta que el destino, caprichoso, hizo que volvieran a tocarse, un segundo, levemente, fue un instante de reconocimiento que les hizo comprender que a pesar de la distancia siempre estuvieron unidos.
Entonces esas manos que habían cambiado, que habían envejecido y madurado, se agarraron con fuerza y no se soltaron nunca más.
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